Argumento
Le miraba poniendo palabras en su silencio, no hacia falta que hablara para poder hacer un argumento con todo aquello que no decía.
Hacia tiempo que él ya no suspiraba por cualquier cosa sin sentido, había tenido la costumbre de fantasear con la realidad, cuando ésta se atrevía a salir del espejo. Entonces se anticipaba, usaba su imaginación para darle forma y adaptarla a lo que necesitaba o creía necesitar, y siempre suspiraba.
Pasaban los días, y los endemoniados minutos se enredaban en la piel, se pegaban como lapas en la imaginación, jugaban con sus sueños de héroe disfrazado con máscaras que sólo se atrevían con los colores, cuando la noche abrazaba sin compasión sus sueños.
A veces veía como él mismo se dormía aunque quería mantenerse despierto, otras, los sueños que deseaba ver en el ensueño que nunca llegaba, devoraban la realidad, y en el alba que siempre llega y se repite, caminaba descalzo al cuarto de baño para enfrentarse al espejo. Y entonces la realidad volvía al sitio del que nunca debió escapar.
Y ese era el momento de mayor soledad,
Y ante el espejo reconocía el verdadero tono de un NO, una escala del gris que nunca había advertido y que estaba marcando el cinismo y la hipocresía, y decidía en ese momento, que ese era el verdadero color de la vida, cuando se convertía en una trampa mortal de libertad y engaños.
Se quedaba quieto cada vez que le hacían daño, ante sus píes tenía una escalera sin peldaños, y no se movía, y yo veía como deseaba tirarse al vacío sin atreverse, quería gritarle que se lanzara, porque yo si veía que el abismo no era otra cosa, que un suelo firme disfrazado de la tristeza, que solo puede dar la soledad que no se desea; pero no me oía, y seguía quieto ante el espejo incluso cuando éste, ya había desaparecido.
Y qué podía hacer yo para que nacieran sus pasos, qué podía hacer él para aprender a caminar otra vez, qué podía hacer la realidad para explicar en voz alta que solo hay una vida, y que lo demás lo irreal, debe acompañarnos, caminar a nuestro lado, pero es mejor no darle la mano, porque entonces es cuando aparece el abismo, y es una cueva, un inmenso jeroglífico que nos da la espalda.
Le observaba envuelto en su silencio, sin verme, sin intuirme, seguía sin atreverse a caminar, pero su cuerpo giró, sus ojos no querían creer que yo no era el reflejo de ningún espejo, pero no dejé de mirarle, y entonces sobraron las palabras.
Nació el primer paso.






