Allí donde nací...
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Allí donde nací…
Las montañas hacen simbiosis con la imaginación. Rodean el paisaje, encierran el contorno de la vida, absorben la nívea nieve que corona sus cumbres.
Una calle cualquiera permanece perenne en mi memoria. Allí un nogal, me hablaba en silencio antes de dormir. Sus ramas eran vida en mis sueños, sus frutos dejaron ese sabor que hueles en el recuerdo al cerrar los ojos.
Allí donde nací, el otoño es invierno y el verano primavera, la luna es tímida, el sol nunca quema.
Allí el camino recorrido desde casa a la escuela, estaba sembrado de caracoles, erizos y una preciosa casa cargada de fresas. En esa escuela, en lo más alto de una calle con cuesta, aprendí a interpretar miradas en un amplio crisol de lenguas; allí crecí.
La plaza de la fuente infinita de líquidos recuerdos, se sostiene firme en mi memoria, rodeada de relojes que eclipsaban mis sentidos; recuerdos de infancia, recuerdos de niña, que me acompañan todavía.
Ahora sé, que los bancos prosperan con dinero oscuro, que allí reposan los bienes robados de judíos asaltados por el genocidio y el gas. Sin embargo, allí nací.
Mi silencio era oro al deslizarme en trineo, mi soledad se fundía en un cálido abrazo con la nieve pegada en mis pasos. Susurraba el viento en el frío al rozar el rostro, en esas mañanas carentes de miedo al futuro. Allí donde nací, se quedó grabada la voz y mirada de mi padre en el tiempo que no hablaba de ausencias.
Allí había una estación de tren. Allí lloré al emprender el viaje de ida, que nunca en mi memoria encontró la vuelta.
Se fue la montaña, se quedaron marcando el tiempo aquellos relojes que seducían mis ojos de niña, se quedó atrás aquella fuente amiga de atardecer de domingo. Nunca volvió el sabor de las fresas adornando aquella cesta.
Allí donde nací, se quedaron recuerdos, nostalgias y vivencias. Allí fui una niña enredada en la inocencia. Allí nací, viví, crecí.
Allí donde nací, deseo volver para dar un beso al recuerdo y abrazar la nostalgia.

