Los cerezos
Se ubicaba en una mínima parte del paisaje, se imponían sus colores cercando un único espacio en el que me escapaba para trepar a los cerezos.
Con una bolsa preparada para recoger los frutos, me acercaba a mi jardín, cuando mi yo interior se merecía el regalo de su belleza. Sentada entre sus aromas a vegetación, envuelta en aquellos ruidos de pájaros e insectos a los que hoy he vuelto en unos tenues instantes de sueño perezoso.
Parecía que al pisar mis píes su suelo, me respondía todo su conjunto, parecía que una sonrisa me abrazaba, me acogían el agua, las flores, los cerezos, las ramas, los trinos irrepetibles que nunca más escuché cuando parecían decirme...nos faltabas tú para concluir este atardecer.
Y yo era parte de todo, mientras mis ojos jugaban con las interminables formas fractales, que se sucedían a partir de cualquier pequeña imagen que me hacía soñar.
Dejan de ser recuerdos, cuando entiendes que nada forma parte de ti, porque una parte de ti se quedó allí prendida, enganchada en el espacio, en el contorno de los colores que formaban el borde del paisaje, en las formas infinitas que enamoraban tu mirada, en ese silencio que nacía en ti, cuando todo ello te dejaba muda de intenciones y palabras; los cerezos dueños del paisaje, endulzaban mi inocencia.
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