Mis lágrimas en el mar.
Hoy me he dado cuenta que nunca mis lágrimas se han derramado en ningún mar. Y es triste, porque el mar es en mi imaginación, una masa uniforme de las lágrimas derramadas gota a gota por el universo.
Quizás las lágrimas vertidas del guerrero, que al perder la batalla piensa en su orilla, el motivo que le hará volver a casa con su derrota albergada entre sus manos, y antes de alzar la cabeza de la próxima victoria, derrama esas gotas que hacen al mar algo más grandioso.
Puede ser también esa niña-mujer, que dejó su corazón abierto y, prendido en el alma del marinero que desapareció un amanecer después de robarle a ella, las caricias que ni siquiera sabía que existían y, ahora la niña-mujer, sólo sabe contarle sus secretos al mar que la consuela con sus olas.
O fue aquella madre, que vio partir a su hijo cuando apenas asomaba a la vida, con el hombre que siempre adornó sus primaveras, se le llevó casi enredado en las redes del sustento, y el mar bravío pasó por alto todos sus sentimientos.
Estarán también las lágrimas del bebé cayuco que lloraba de hambre, y ajeno a la inmensidad de la miseria, sucumbió apretado en los brazos de su madre, al poder del agua que no entiende de lamentos.
Podrán estar también las lágrimas de los amantes, que ante la inmensidad del sentimiento dejan escapar una gota para alimentar el ego del mar que alquila su deseo.
Y yo ahora sé, que nunca derramé una lágrima en el mar de mis secretos. Mis lágrimas en el mar quiero dejar.

