Otoño anticipado
Se mueren las flores de un pasado en el jardín. Se mueren con la resignación del tiempo que no nació para madurar, sólo estuvo ahí, floreciendo sin pensar que podría marchitar. Ya no se pueden regar.
Poco a poco se dejan seducir por la tristeza de lo qué, no fue. Se pierde lentamente en la memoria del recuerdo que nunca perdona. A veces parece un atardecer eterno, que se mezcla con colores de esperanzas, con la estela que deja un beso apasionado, con la caricia que llegó en el momento oportuno, y te recuerda que mañana tendrás que decir adiós, a una parte de tu vida.
Y mientras llega ese momento te lamentas en un grito sordo de alegría, en una espera que todo lo explica, en unos ojos que te hacen sentir necesaria, en instantes apurados, robados en la vida que a veces intenta atraparte y, entre líneas te deja exhausta cuando sus manos navegan en el líquido de tu propia existencia.
Observas una muerte lenta de una parte de ti misma, te niegas a decir nada, sólo miras, te dejas abrazar porque mañana sabes que morirá. Una muerte necesaria para volver a renacer en tus propias cenizas, ésas que nunca se apagan a pesar de las lágrimas vertidas.
Sigues pensando que has perdido, pero ganas tanto al admitirlo, que el tiempo se alía entre las flores que nacerán mañana. Y esperas el penúltimo capítulo de una espera inacabada, y un otoño anticipado.

