En un pulcro escritorio reposaban un puñado de folios, mientras unas manos masculinas de largos y finos dedos, parecían escribir, pero en realidad guardaban información.
De vez en cuando paraba para mirar la fotografía de mujer, que aún no había guardado junto a las otras.
Ésta, rubia como las demás, le hacía estremecer al mirarla. Sus ojos almendrados, labios carnosos, y los pechos pequeños y muy duros en su imaginación...le provocaron una erección, porque sobre todo imaginaba su mirada cuando sus manos rodearan su cuello, como había hecho con las demás; Se volvía cada vez, más exigente y selectivo.
Era la perfección del terror en unos ojos, lo que le obsesionaba hasta el extremo de imaginarse la mirada que buscaba.
Los recortes de periódico seleccionados, le causaban un extraño placer. Escogió uno, en el que se explicaba, que su pulcritud en cada asesinato, denotaba una personalidad exigente y perfeccionista, y que probablemente, buscaba esa perfección en cada víctima, pero, nunca tendría suficiente; seguiría matando.
Estaban equivocados, no era culpa suya, eran esas chicas, que se empeñaban en no darle lo que necesitaba.
Pero mañana por la noche, esa chica rubia y modelo como las otras, le daría esa última mirada para excitarle cómo nunca, pero ahora debía empezar a vestirse, porque ella le esperaba para cenar.
Se miró en el espejo, y agradeció ser tan atractivo, eso le facilitaba su objetivo.
Obtenía la confianza de esas estúpidas, que creían que por ser bellas, tenían el poder de seducirle; él les enseñaría quién tenía el poder...
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