Un trago de ginebra
No se dio cuenta del silencio que envolvía la calle, hasta que se callaron sus sentimientos.
Entonces advirtió el ruido que hacían sus tacones, la molestia ocasional del ruido de un motor que parecía estar cerca, y que por el rabillo del ojo advirtió que pasaba de largo.
Ni un alma transitaba a píe cómo ella, en una noche de enero que debería ser muy fría para estar acorde con el mes, pero no había ni una parte de su cuerpo que no tuviera calor.
Ésa noche, decidió hacer un recorrido alternativo al que habitualmente hacía cuando llegaba tarde a casa. Mientras iba andando pensó que quizá aparecería alguna sombra por cualquier rincón, pero la soledad de la calle, era áspera e inoportuna hasta el extremo de no darle una tregua a la imaginación, que permanecía oculta en algún rincón de su interior.
Escuchó un pequeño ruido que la sobresaltó, y enseguida pudo comprobar que venía de la única ventana que respiraba luz en la noche. La luz era tenue, pero se advertía una sombra que se movía lentamente. Se paró para mirar al mismo tiempo, que todo parecía ensordecer en la oscuridad al cesar el traqueteo de sus tacones.
Eran dos cuerpos que casi difuminados por la escasa luz, se movían al unísono en el lenguaje del amor. Imagino la escena de dos desconocidos entregándose tan solo, para decorar su tiempo vacío de alguna caricia y averiguar hasta donde les podía llevar.
Reanudó la marcha, porque de pronto se sintió una intrusa mirando detrás de la barrera un escenario en el que mañana podría estar ella. Cómo deseaba en esos momentos un trago de ginebra.
Uno largo, ingerido en pequeñas dosis, igual que su tristeza en esos momentos, que caminaba no junto a ella, sino debajo de sus tacones. Lo sabía porque creyó que el ruido, eran los quejidos tristes que caen al suelo cuando los sentimientos callan y no saben donde esconderse, y sin querer son pisoteados.
Ya faltaba poco para llegar a casa. El calor del portal le dio seguridad, la voz de sus sentimientos comenzaba a regenerarse con la bofetada que la tristeza le dio al asfalto, y se callaban incluso unas palabras que cambiaron su vida para siempre. Había llegado el momento de quitarle acentos a los sentimientos, y de ignorar las faltas de ortografía que a veces tenía el amor. Cómo deseaba un trago...de ginebra.
Los sentimientos y su etiqueta, se convertían en recuerdos de acero.




