El ritmo de la sensualidad.
Entre las nubes que abrasan el aire que respiramos nos dejamos llevar por la brisa de un pensamiento.
Eso pensaba Susana cuando al mirar por su ventana, veía lentamente pasar las nubes de verano. El cielo se mostraba impetuoso a su vista, su masa uniforme, llenaba su mirada de recuerdos.
Pero ella no deseaba recordar, sólo deseaba dejarse llevar por la realidad. Las cuatro cervezas que se había tomado le ayudaban a evadirse de la vida que en ese momento no le gustaba.
Normalmente se dejaba llevar por la imaginación. Dibujaba mentalmente caratulas sobre todo lo que veía. Nubes, sol, la luna, cualquier cosa en movimiento le invitaba a crear.
Pero ahora hacia días que necesitaba sentirse viva, sentir otras miradas en su cuerpo, imaginar manos dibujando su geografía; necesitaba sexo.
Cuando acabó su cerveza, se dio una ducha relajante. Después se arregló y salió a buscar amor artificial.
Susana llegó a un pub solitario. Un sitio que conocía de otros tiempos.
Ahora la decoración había cambiado, pero enseguida se dio cuenta que la facilidad para no volver sola a casa era la misma.
Su vestido ajustado estaba hablando de ella misma. Al fondo en la barra un hombre de aspecto agradable se la comía con la mirada.
Una copa, una charla y después Susana decidió que ya no perdería más tiempo. Se marcharon los dos en el coche de él. Absorbieron los minutos al mismo ritmo de los kilómetros que los separaban de una cama.
Silencio, miradas, llaves que abrían la entrada al placer. Mientras tanto la luna ofrecía su luz para amantes desconocidos.
Susana dejo acariciar su cuerpo. Dejo a esas manos desconocidas, tocar sus pechos deseosos de crecer. Se alimentó del erotismo del momento, se dejó mecer al ritmo de la sensualidad.
Casi al llegar la madrugada, cuando los espasmos del amor aún vibraban en su cuerpo, el desconocido se marchó entre silencios. Susana no deseaba retener aquello que ya no recordaría en un próximo amanecer.




