El primer domingo junto a su
sonrisa, estaba la luna escondida al calor del sol.
Se asomaban mis ilusiones al
balcón. Flotaba en el aire una música enredada de primavera, mis manos bailaban
al compás de mi corazón. Abajo en la acera apareció su camisa blanca junto a
sus ojos y su sonrisa, y entre brillos de mañana me dijeron: Baja. Ven.
Empezaron a pasar en un no pasar,
los minutos que entre los dos se tejían con miradas furtivas.
Quería esconderse el sol,
mientras las manos buscaban el roce de otra piel. Kilómetros recorridos, en un
intento de alejarse de censuras de mayores que vivían olvidando sus primeras
emociones. Los kilómetros sacudían la prisa por llegar a un rincón, que en una
soledad compartida de miradas y caricias, dejaran su huella en la impaciencia
de la memoria.
Mi cuerpo de niña decía no. El
miedo se quedaba atrapado entre el deseo, y sus manos eran una brisa que
empezaba a atarse a un recuerdo inolvidable que ya nacía.
Aquel verano con un calor que
apenas recuerdo, se dejaba atrapar entre besos escondidos y caricias calladas.
Nuestro primer rincón se hallaba
al final de una escalera de caracol. Una amplia ventana regalaba a mis ojos un
paisaje que aún perdura en mis sueños.
Sus labios en mi espalda, el
paisaje se volvía un espejismo, se encontraron nuestros labios. El primer beso
tan intenso, tan desconocido, tan deseado; el miedo dijo no.
Se quedó el deseo atado en sus
ojos, volvió la nitidez del paisaje mostrando su fuerza ante la mirada pérdida de
un adiós, que comenzaba a quedarse enredado en la escalera de caracol.
Una tarde adiviné en sus ojos el
adiós. Sus palabras fluyeron moldeándose a otro cuerpo que sin miedo ocupó su
deseo.
Sus lágrimas hablaban de todo lo
que no me pudo dar, su mirada decía: no te olvidaré, te esperaré, pero mientras
tanto necesito vivir.
La soledad me acompañó en un
atardecer en el que me eran ajenos los sonidos. Andaba su adiós a mi lado.
El tacto de su pelo, su sonrisa
en la mirada, sus manos impacientes, las mieles de su boca, todo se quedó
descansando en el horizonte intermitente; en nuestro horizonte.