Un encuentro.
En una historia cualquiera elegida por mí yo de escritora nacieron una vez, dos desencuentros ligados a un posterior encuentro.
Punto muerto…sexo fácil en un avión. Hormonas durmientes que danzan al anochecer prendidas en dos miradas, que se encuentran libres de ataduras físicas, pero enganchadas al tren de capítulos sin cerrar.
Él adora sus ojos verdes. Ella percibe un sentimiento fuerte que tira de sus fibras…cuando no le ve.
En el aire de los recuerdos flota un hotel llamado California. Melodía que a él le recuerdan águilas de acero, que se quedaron enganchadas en su pelo.
Ella baila en un dulce compás una melodía vacía de sentimientos, pero repleta de compañía en un cuerpo que le sustituye a él.
Y después de varias madrugadas de respiración entrecortada, está sentada al borde de su cama, con su espalda enganchada a un boceto de pincel. Mira el cuerpo de la pasión que al otro lado del colchón, se extingue en un amplio repliegue de colores de olvido.
Él va directo al altar con una pajarita negra en el cuello de su camisa.
Y en ese instante ella con volantes de novia sustituidos por un volante entre sus manos, le habla a la vicaría que él siembra con sus huellas del presente.
El presente se torna en olvido cuando en el aire flota de sus labios el nombre de ella. El viento dibuja su perfil con los dedos de su voz. Ella no puede hablar, pero sus ojos forman palabras.
No se casaba él. Se unía un encuentro nacido de dos desencuentros.
Después nacieron muchos besos y las consecuencias de ellos.

